02 de mayo de 1.938, lunes.
Extraordinaria
concurrencia de peregrinos y autoridades
Los que
tenemos la dicha, gracias a Dios, de acudir todos los años a esta primera
romería de los domingos de este florido mes de mayo al histórico santuario de
Ujué, para ofrecer a la excelsa Patrona de la Ribera el homenaje encendido y
emocionado de nuestro corazón y la sinceridad de nuestra devoción profunda,
hemos podido apreciar esta vez una concurrencia verdaderamente extraordinaria
de peregrinos y autoridades, a lo que, acaso, hayan contribuido las
circunstancias por las cuales atraviesa nuestra querida Patria.
Allí vimos
a nuestro venerable Prelado el Excmo. señor doctor Olaechea, a S. A. la
Princesa de Borbón-Parma, al Excmo. señor Gobernador Militar señor García
Conde, al Excmo. señor Vicepresidente de la Diputación de Navarra don Juan
Pedro Arraiza, a la Excma. Señora Condesa de Rodezno, esposa del Ministro de
Justicia, Excmo. señor don Tomás Domínguez Arévalo, a don Andrés Martínez-Vega,
ex rector de la Universidad de Barcelona, con su hijo, al Fiscal Eclesiástico
de la Diócesis doctor don Rufino Ochoa, hijo distinguido de Ujué, al R. P.
Jacinto Clavería, insigne cantor de las glorias de la Virgen, a las señoritas
de Baleztena, al médico del Hospital Alfonso Carlos, señor Bundó y otras
personalidades cuyos nombres sentimos no recordar.
A las
cuatro de la madrugada –coincidiendo con los acentos de esas simpáticas e
ingenuas melodías que cantan los “auroros” en su recorrido por las calles
estrechas y empinadas- tuvo lugar la comunión de la piadosísima y antigua
Cofradía de “Los Doce Apóstoles”, de Tafalla, que realizó felizmente el viaje,
saliendo a las doce de la noche del sábado de la ciudad del Cidacos, en rezo
continuado y acompañado de otros aspirantes.
A las
nueve y media, el señor Obispo celebró la misa con el valioso cáliz, llevado
expresamente por la Excma. Diputación, regalado por Carlos III el Noble a Santa
María de Ujué el año 1.394, distribuyéndose a continuación un número
incalculable de comuniones.
La entrada
a Ujué de los romeros de Tafalla y otras localidades ribereñas resultó
realmente imponente. Integraban la magna procesión ancianos, mozos y
adolescentes, vistiendo túnicas de “nazarenos” y llevando pesadas cruces. Muchos
de ellos iban descalzos y no pocos arrastraban largas cadenas. ¡Qué
ejemplaridad tan conmovedora de sacrificio y penitencia en estos tiempos de
prueba y de dolor, pero en que todavía persiste una frivolidad que ofrece un
contraste demasiado fuerte!
Había también
combatientes heridos en esta Gloriosa Cruzada por Dios y por España, y había
abundantes mujeres enlutadas que fueron a poner en las manos benditas de Madre tan
amorosa las penas producidas por la muertes en el campo de batalla de sus
padres, sus esposos, sus hijos, sus hermanos o sus novios, y a buscar en el
regazo de tan dulce Señora el consuelo necesario para seguir peregrinando por
este valle de lágrimas.
Las autoridades
de los respectivos pueblos presidían a sus vecinos, a cuya cabeza marchaban los
cleros parroquiales.
Entre cánticos rezos, penetraron en la noble villa y, previo
un descanso, verificose la función solemne.
Actuó de
celebrante el celoso Párroco don José Tirapu.
Hizo el
ofrecimiento el dignísimo Alcalde del Ayuntamiento de Tafalla don Juan
Sevillano, ofrecimiento que se verifica en el Ofertorio y que tiene un
ceremonial muy curioso y muy cristiano, que consiste, poco más o menos, en lo
siguiente:
El celebrante
da a besar la estola al señor Alcalde, y éste entrega un gran cirio, saludando
después con extraordinaria cortesía a los señores sacerdotes, a los alcaldes de
los pueblos concurrentes y a las personalidades de más relieve.
Como este
año coincidía la circunstancia de encontrarse S. A. la Princesa de Borbón-Parma,
ésta fue la primera que mereció la reverencia del señor Alcalde, haciéndola a
continuación a las demás autoridades.
Predicó
un sermón elocuentísimo el R. P. Ricardo de Lizaso, capuchino, y como resumen
de su hermosa oración sagrada, excitó a los oyentes a conducirse con austeridad
para obtener pronto del Cielo la victoria de nuestras armas.
Durante
el día la animación en Ujué fue inusitada. De Pamplona ha sido también esta vez
mucho mayor la afluencia de devotos, y tuvimos el gusto de ver muchísimas caras
conocidas.
Todos prodigaban
alabanzas a la generosa hospitalidad e hidalguía de los cariñosos habitantes de
aquella villa ilustre.
Realizada
por la tarde la tierna despedida a la Virgen, emprendiose el regreso; entonces,
en pintoresco desorden, con los rostros destapados y llenos de satisfacción
ante el deber cumplido.
Nosotros
continuamos el viaje a Pamplona, encantados de la triunfal y brillante jornada
religiosa, oreada por el perfume de las tradiciones que nunca mueren.
Y hasta
el año que viene, si Dios quiere concedernos esta gracia.
Diario
de Navarra. Nº 11.186
No hay comentarios:
Publicar un comentario