miércoles, 3 de junio de 2026

 SOBRE LA PRESENCIA DE CARLISTAS EN UJUÉ EN LA CELEBRACIÓN DEL MILENARIO

Dicen que en la frontera tienen los carlistas 40.000 uniformes.

Y en Tafalla, en una romería o peregrinación que se está celebrando desde 1º de mayo en la villa de Ujué, pasaron por allí, con estandarte correspondiente, seis pueblos de los alrededores de Puente la Reina, todos ellos muy carlistas, y entraron, entre otros muchos más, como unos 120 de a caballo, llevando a la cabeza sus curas, en correcta formación, con su servicio de retaguardia, y con todos los minuciosos detalles, como si estuvieran ya en campaña.

Estos pueblos están en los ensayos del drama y después harán el ensayo general.

Con uniforme.

La Coalición. Diario republicano. Sábado, 29 de mayo de 1886

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La Discusión. Diario federal. Martes 8 de junio de 1886

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Sobre la mascarada carcacatólica de Ujué, recibo con bastante retraso este telegrama:

“Procesión Tafalla, alcalde finchado por entregar estandarte pagado fondos públicos. Coche hermano alcalde, atropella mujer pueblo.

Romerías pueblos carlista organización; descubierta, curas al frente, caballería vanguardia, amas coches centro, sección retaguardia.

Curas jinetes, tontos descalzos cargados cruz, salvajes cantos, frailes sucios, bandera negra, vivas a virgen, filoxera cura Artariain.

Pitillas grajo, aconseja liberales combatir; jesuita Artola idem per idem. Inmun dicia, baba, sueltan mucha.

Milagrosa parte. Mujer cae macho, dientes y muelas pierde, marido rómpese pata.

Paralítico Beire camilla va, peor regresa.

Ciego pide a voces vuélvale virgen vista, curas tápanle boca; sin guipar sale.

Iglesia asfíxianse mujeres dos; primera, unción recibe”.

¿Qué importa todo esto, ni las borracheras y ultrajes a la moral propios de todas las romerías, si los carlistas consiguieron su objeto, que fue el de reunirse, contarse y concertarse, para ocupar cada uno su puesto cuando suene el cuerno bélico del vendedor de toisones y seductor de prostitutas?

Tremenda responsabilidad debemos exigir en su día a los que están consintiendo estas manifestaciones carlistas, en que se conspira contra la honra y la vida de los liberales, y se fragua la ruina de la patria.

No se mostrarían los partidarios de ese imbécil pretendiente tan animados si los gobiernos de la restauración cumplieran con su deber.

El Motín. Periódico satírico semanal. Miércoles, 17 de junio de 1886

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martes, 9 de septiembre de 2025

 LA CAPILLA DEL MARQUES DE CORTES EN LA IGLESIA DE SAN PEDRO DE 

PITILLAS


Año nuevo de 1606. Hacía poco tiempo que se había inaugurado el cuerpo de la “nueva” iglesia delimitada externamente por un friso con moldura cóncava, se estaba terminando de montar la nueva portalada y el coro y, solamente quedaba por dilucidar el emplazamiento y construcción de la torre.

En esta situación, el marqués de Cortes, don Miguel de Navarra Mauleón, bajo el argumento de una incomodidad física debida a la estrechez del espacio existente en la capilla colateral de la parte del evangelio, donde establecía su tribuna y asientos para su familia en los actos religiosos, propone al señor obispo de Pamplona, Fray Mateo de Burgos, construir una capilla adjunta a la iglesia. Para ello plantea intervenir en la pared que va desde la grada hasta la testera, abriendo dos arcos, uno en el tramo que va desde el escalón al estribo que está en medio del muro, y otro, en el trecho que sale desde el estribo hasta el frontis. Finalmente, para cerrar el espacio, levantar dos paredes en el hueco que hay para afuera. Añade que todo el gasto que se hubiera de invertir en la fábrica lo haría a su costa y además daría a la iglesia parroquial, para su primicia y fábrica, 200 ducados.

Catálogo monumental de la Merindad de Olite

La incomodidad, verdaderamente debía ser mental. Su objetivo era habilitar un espacio aislado para uso personal en la asistencia a los actos religiosos, acercarse al celebrante para recibir con más fuerza la gracia divina y utilizar el espacio para sepultura de familiares. En realidad, no quería mezclarse con el pueblo llano, pues se supone que la nueva iglesia sería mayor que la anterior. Además, con la obra pretendería mostrar su poder ante el pueblo con el que aquellos años dilucidaba la posesión de las tierras pecheras, de las que finalmente se adueñó.

El señor obispo, tras una visita ocular, considera justa la petición y no viniendo ningún perjuicio a la iglesia, antes bien provecho, pues quedará más adornada, le da licencia y facultad para su construcción. Previamente se realizará un reconocimiento de la pared afectada por medio de maestros canteros, al cual se hallarán presentes el vicario, los primicieros y el alcalde de la villa. Una vez realizada la declaración de no tener efectos negativos la abertura de los arcos, se pueda levantar la capilla. Y como última condición señala que los 200 ducados se pondrán a plazo en parte segura, sin que su principal se gaste, sino solamente el rédito, de modo que cuando la capilla tuviere necesidad de algún reparo se haga con los intereses que produzca, y lo que sobrare de ellos, los goce la iglesia.

El marqués, haciendo ostentación de la licencia concedida y para cumplir con lo ordenado en ella, como es nombrar maestros canteros para el reconocimiento de la pared, se reúne con Antón Martínez, alcalde, y Pedro Sarría, primiciero de la iglesia parroquial, faltando a su otorgamiento el vicario, Pedro de Abaurrea, por estar enfermo en cama. De común acuerdo y conformidad, nombran a Pedro Laval, Miguel de Echeberría y Domingo de Elberdín, maestros canteros que residen en las villas de Olite, Úcar y Tiebas.

Estos, bajo juramento ante el escribano, tras un reconocimiento exhaustivo, declaran que las paredes y estribos de la iglesia no tendrán detrimento ni perjuicio y que se pueden practicar las aberturas que contiene la licencia, con la condición de que hayan de quedar los estribos sanos y enteros, sin tocarse en ellos cosa alguna.

Días más tarde, se reúnen en la casa y palacio de Pitillas el marqués y Antón Martínez, alcalde, Domingo Aldave, Pascual Salvador, Simón Francés y Miguel Thomás, jurados. El marqués les requiere permiso para poner en ejecución la licencia de obra. El regimiento, para curarse en salud, le exponen que antes pretenden juntar concejo, con el fin de tratar en él si podría traer algún inconveniente o perjuicio la ejecución de la obra, y para que, si se edificaba, fuese con voluntad de todos los vecinos y concejo de la villa.

Juntado el concejo, acuerdan remitir la licencia al titulado Otegui, abogado y letrado pensionado de la villa, para que viese el contenido y diese su parecer. Según dicho letrado, no había inconveniente ninguno, precedidos los requisitos ya efectuados, excepto la última parte de la licencia en la que se expresa que si la capilla, después de acabada, tuviere necesidad de algún reparo, se ejecutase con el rédito de los 200 ducados y lo que sobrare de ellos, los gozase la iglesia. De este proceder, según el licenciado, el marqués no daba nada, pues se podían invertir el total de los intereses anuales en el arreglo de su capilla, no quedando nada en beneficio del resto de la iglesia. Por el contrario, había que acordar con el marqués el que quedase obligado a reparar la capilla con sus bienes y rentas, destinando los réditos en la fábrica de la iglesia. El marqués, por complacer a la villa y vecinos de ella, aceptó la propuesta sin dilación.

El 18 de marzo de 1606, en la casa y palacio de Pitillas, el marqués de Cortes expresó su propósito de construir una capilla con su remate de cornisa, y para ello tenía licencia del señor obispo y otorgada escritura con la villa, alcalde y jurados de ella, cuyos cimientos de la capilla están recibidos y asentados. Debía ser levantada a la altura que está la sacristía de la iglesia, de piedra labrada de sillería y en la pared de la capilla que se arrima al altar, se había de situar una ventana de una vara (0’785 m.) de larga y una tercia de ancha. Y acabadas las paredes se debían abrir un arco y una ventana en la pared del altar, del lado del evangelio (hasta ahora se hablaba de dos arcos). Estando allí presente Miguel de Celaia, cantero, vecino de Vera, dijo que él se encargaba de edificar la capilla, acabándola para el día del señor Santiago de este presente año y poniendo todo lo necesario de piedra, cal y demás materiales y maniobreros. Por su parte, el marqués ofreció darle 50 ducados en cuanto comenzase a trabajar, otros 50 ducados una vez que la levantara hasta su mitad y lo restante, como fin de pago, lo que montare la cuenta que se sacará una vez acabadas las paredes de la capilla, contando a razón de 10 ducados la brazada (aproximadamente 4 m2), y lo que importare el abrir el arco y la ventana, según el tiempo que en ello se ocupare, mereciere y declararen dos maestros canteros nombrados de conformidad por ambas partes. 

Firmas del marqués y del cantero en el contrato de la obra

El día de San Andrés, último del mes de noviembre de 1606 fue estimada la obra de cantería de la capilla del marqués construida y acabada por Miguel de Celaia. No sabemos la cantidad pagada por el marqués.

 

El 27 de junio de 1613, el fiscal del Obispado de Pamplona denuncia que le ha llegado la noticia de que hace 7 años que los primicieros de Pitillas debían haber cobrado del señor marqués de Cortes 200 ducados para beneficio de la fábrica de la iglesia a consecuencia de la capilla que edificó en ella y se comprometió a entregar. Y por no haberlos exigido y puesto a censo en 7 años que han transcurrido, está defraudada la iglesia en 84 ducados, por falta y culpa de los primicieros.

Se manda, pena de excomunión, que los primicieros hagan fe de las diligencias que han practicado en la cobranza de los 200 ducados, o si tuviesen causas justas para no cumplir con ello, se presenten a juicio a alegarlas ante el vicario general del Obispado, bien en persona o mediante procurador.

El 4 de julio de 1613, Gabriel de Oteiza, procurador de Juan Aldave, primiciero actual, se presenta ante el vicario general del Obispado, declarando que siendo cierto lo relatado, por llevar Aldave poco tiempo ejerciendo el cargo, no más de seis meses, y que tampoco los primicieros que antes lo han sido han cobrado los 200 ducados ni parte alguna de ellos, pues todos han disimulado, entendiendo que el marqués, cumpliendo su obligación, los hubiera pagado antes de ahora, solicita se le exonere a su representado de la denuncia y pide se acuse de ello al marqués, que es el autor de la deuda.

Pocos días después, Gabriel de Oteiza, acude nuevamente ante el provisor general del Obispado proponiendo un plan. Relata que, en la fábrica de la iglesia, hace varios años, se había comenzado una obra nueva (la torre) y no se puede proseguir en ella por estar la iglesia muy endeudada y por ello no puede cumplir con la obligación que tiene dada al cantero de proporcionarle 100 ducados cada año. Viendo el notable daño que se causa a la iglesia al quedar la obra paralizada, pues el cantero no quiere poner mano en ella por debérsele más de 600 ducados de plazos corridos, han tratado con el marqués de Cortes para que aporte directamente al cantero los 200 ducados y sus réditos, quien se ha comprometido a efectuar luego el desembolso y, a su vez, el cantero se obligará a acabar la obra en mucho menos tiempo.

Para justificar la incapacidad de pago de la iglesia al cantero, certifican que, en el año pasado y su trienio, estuvo arrendada la primicia en 51 ducados en dinero y 30 robos de trigo anuales que se dan de sueldo al sacristán, y en el presente trienio en la suma de 94 ducados y 30 robos de trigo para el sacristán, y con dicha cantidad, apenas se cubren los gastos ordinarios de reparos que tiene la iglesia.

El fiscal del Obispado se aviene a lo propuesto por los primicieros atento a que parece que el marqués quiere aportar los 200 ducados e intereses y el cantero se allana a volver a trabajar una vez los reciba. Por ello propone se les dé licencia a los primicieros para que se realice el plan formulado; pues, de esta manera, se solucionarán dos problemas, se cobrará el dinero del señor marqués y se podrá finalizar la obra. Eso sí, siempre que los vecinos se allanen a ello y con la condición obligatoria de devolver y poner a censo otros 200 ducados provenientes de la primicia a fin de compensar el adelanto que se le hace.

El vicario general, de acuerdo con lo relatado por el fiscal, concede licencia y permiso para efectuar el pago al cantero y que de todo esto y de la carta de pago que diere el cantero en favor de la iglesia, se ponga una copia en el libro de visitas, para que les conste a los inspectores y se den las cuentas de la iglesia conforme a ella.

 

En 1737 se plantea un pleito, de los marqueses de Cortes contra el alcalde, regidores, vecinos y concejo de Pitillas. Dicen los demandantes que, perteneciente a su marquesado gozan en la villa de Pitillas de un palacio y en su parroquial poseen altar y capilla con asientos y sepulcro privativo, al cual, según costumbre, se lleva todos los años cera y ofrenda de dos robos de trigo los días de Todos los Santos y Ánimas; y para poner y sacar la cera, siempre han ido las criadas del palacio por medio de la iglesia, sin que lo hayan impedido el alcalde, regidores, vecinos y concejo hasta que el día de Ánimas del año pasado de 1736, yendo con la cera una hija de Pedro Barásoain, administrador del palacio, halló la novedad de que no podía pasar a la capilla por el paraje acostumbrado, porque de orden de la villa o  del alcalde se había atravesado un banco, en el cual se sentaron el alcalde y regidores, dejando libre el que en realidad les corresponde, por lo que dicha mujer hubo de ir por detrás. Pasado dicho día se quitó el banco de marras; en cuyas circunstancias no se puede consentir se haga novedad. No continuó el pleito.

 

Cincuenta años más tarde, en 1787, es el patronato de la iglesia de Pitillas y el duque de Granada quienes para dilucidar de quién es la capilla con su arco o portalada y reja de madera, a la mano izquierda del altar mayor, comprometen el asunto a dos licenciados de los Tribunales Reales y un tercero en caso de discordia. Ambas partes pretenden ser sus dueños. El patronato de la iglesia expone ser suya propia, aunque “algunos ignorantes llaman la capilla del duque de Granada, porque en ella dicen está enterrado un ascendiente suyo” (anotar que Leonor Navarra Mauleón murió en 1611 en Pitillas). No sabemos su resolución.

 

En 1877 se formaliza una escritura inventariando los bienes que el duque de Granada y Ega tiene en Pitillas y, aunque no se inscribe entre ellos la capilla de la iglesia, por falta de título anterior de inscripción, se describe como situada en el lado del evangelio, su puerta es verja de hierros, tiene una ventana de un metro cuadrado que da al altar mayor y sus medidas, por la parte más larga es de 23 pies (261,67 mm.) aproximadamente y por la más ancha 22 pies. (En total unos 34 m2)

 

Finalmente, en 1913, el párroco Emilio Arbeloa, escribe que las 2.500 pesetas que el señor arzobispo don José Cadena Eleta obtuvo de una testamentaria para la parroquia de Pitillas, las gastó en obras realizadas en la capilla del duque (no especifica cuáles), telas diversas para ornamentos y otros elementos de culto; y en agradecimiento por ello, hizo bordar en el palio nuevo el escudo de armas del arzobispo.

No sabemos cuándo se abrió la puerta por la que actualmente se entra a la capilla directamente desde el exterior, la ocultación del arco y ventana, ni la obra del cielo raso, ahora retirado.

* Primicia: contribución del pueblo cristiano al mantenimiento y obras de la iglesia; habitualmente se pagaba de 40 partes una. Normalmente se arrendaba el derecho de cobro mediante subasta, por tres años, calculando uno estéril y dos fértiles. Administraban estos bienes y daban sus cuentas dos primicieros, uno eclesiástico y otro seglar.

lunes, 2 de septiembre de 2024

                                EL  POZO  DEL  HIELO


También conocido como pozo de la nieve y en menor número de veces, nevera.

Los pozos del hielo estaban situados generalmente en la cara norte de las montañas o elevaciones del paisaje, donde las temperaturas más bajas favorecían una mejor conservación del producto, evitando además la lluvia y el viento. El de Pitillas se hallaba en la calle Castillar, entre la casa antigua de “Pascual” y el corral de Pedro Mª Sola, a la derecha de su puerta, un poco inclinado, llegando a arrimarse casi a la pared. Hasta 1848 la zona era terreno municipal, pero con el fin de obtener fondos para suplir gastos de guerra, el Ayuntamiento le vende a José Mª Arrese un pedazo, destinado a era de trillar mieses. La planta de la caseta era rectangular redondeada, semejante a una elipse, de unos dos metros por tres y su altura de dos metros; la profundidad del pozo de unos dos metros mínimo.

Los pozos constaban de tres partes. 1ª Caja o pozo propiamente dicho, donde se almacenaba el hielo o nieve en capas alternas y separadas por otras de paja (en Pitillas también se utilizó esparto); el hondón o primera capa, se formaba con un emparrillado de maderos y tablas, e inclinado, para que no se encharcase. 2ª Desagüe, por donde se evacuaba el agua del deshielo. 3ª Caseta, construida sobre el hoyo, haciendo las veces de cámara que mantenía la temperatura interior.

El hielo se aprovechaba para conservar alimentos, ingesta de bebidas y usos medicinales (calenturas, cólera morbo, gripe, dolores de cabeza, quemaduras y según declaración de Juan Lecumberri, vecino de Pitillas, de 82 años en 2008, se aplicaba, entre otras utilidades, a los casos de apendicitis).

Las fechas extremas en las que hay referencias escritas directas sobre el pozo del hielo de Pitillas son entre los años 1675-1898, casi 225 años. Durante este tiempo no siempre estuvo el pozo en uso, más bien lo contrario, pues no se encuentra documentación sobre un arriendo continuado.

A lo largo del tiempo se suceden diferentes reparos en los elementos del pozo. En 1817 se pagan 35 reales fuertes a Simón Sada por una puerta, cerraja, alguaza, clavos y ganchos para el pozo del hielo.

Cumplido el siglo, en 1781, Juan de Santesteban, maestro cantero, declara las obras y reparos que deben realizarse. En la caseta, la puerta del mediodía se debe sustituir por otra situada al oriente, cerrando el hueco con el mismo grueso de piedra y mortero que tienen las paredes, para que no penetre tanto calor y se mantenga sin deshacer el hielo. El capillo (cubierta) hay que deshacerlo y cubrirlo con losas y mortero, siendo de dos onzas de grueso (casi 1 cm). Además, hay que construir un conducto de 60 pies (16’50 metros) de largo para despedir el agua que hiciere el hielo, siendo de 2’50 pies (70 cm) de ancho y 3’50 (97’50 cm) de alto en su hueco, con piedras de mampostería y cubierto de losas, sentado todo con lodo, e igualando a concejil el terreno de ambos lados. Todo ello costaría 460 reales.

Pasados otros cien años, en noviembre de 1879, el Ayuntamiento hace saber mediante bando que tiene acordado la recomposición del pozo del hielo sacando sus obras a pública subasta; para ello, Luis y Gregorio Marticorena, maestros canteros, de orden del Cabildo, redactan el condicionado cobrando por sus derechos 7 pesetas. Las obras fueron rematadas por el mismo Luis Marticorena en 1260 reales vellón (315 pesetas), la misma cantidad presupuestada.

Cuando el 1884 el Ayuntamiento vende a José Antonio Gabilondo el trozo de terreno para construir un edificio con el fin de almacenar granos y vino, le impone la condición de conservar corriente, limpio y a sus expensas, el conducto que atraviesa dicho terreno procedente del pozo del hielo. En los años siguientes aparecen pagos por trabajos originados en la alcantarilla que existe para desahogo del pozo del hielo desde la casa de Gabilondo hasta el río Chico. De hecho, en 1891, Gabilondo se niega a pagar 26’50 pesetas de la obra realizada en descubrir el escorredor para ver donde se estaban interceptando las aguas creyendo no era suficiente el haber encontrado en su pared una paradera rota y algo de tierra. El letrado consultor del Ayuntamiento dictamina en su informe se le debe reclamar el importe ante los tribunales ordinarios comenzando con un juicio verbal ante el Juzgado municipal. El regidor síndico Francisco Goñi manifiesta ser de la opinión de arreglar el conflicto antes de tener que emplear procedimientos tan enérgicos.

Una vez está preparado el pozo la primera diligencia a realizar era henchir (llenar) el pozo de nieve o hielo en el invierno, bien aportando bolas de nieve o bloques de hielo si se había congelado el agua de los pozos de Las Heleras. En Pitillas, mayoritariamente la actividad la solían realizar los vecinos, bien a concejil (pan y vino), como en 1680 que se gastan 36 reales; o bien a jornal, como en 1817 donde se descargan en las cuentas 215 reales fuertes pagados a 86 peones que se emplearon a respecto de 2’50 reales fuertes. En 1879 se pagan 1257 reales vellón a los 116 peones, 8 encargados y 20 carros empleados en la tarea. Sin embargo, en 1722 se relata que la villa debe llevar rolde de las cantidades de hielo que a cada vecino se le han de entregar por el trabajo que ha realizado en el llenado del pozo. Solamente en los últimos años de la existencia del pozo es el arrendador el que se encarga de llenarlo.

¿De dónde se traía la nieve o el hielo? Por documentos se ilustra que se cogía el hielo del río, cuando se helaba, y ordinariamente de los pozos que se tenían expresamente preparados para ello en Las Heleras. En 1880 se pagan 22 reales por dos ganchos para sacar hielo del río y en 1885, Vicente Serrano Bravo, vecino de Peralta, en su cartel de arriendo, pide que “el Ayuntamiento se obligará a ceder Las Heleras al rematante, a fin de llenar el referido pozo”.

De cara al invierno, se limpiaban los pozos desde el bocal de la Carra Olite y después se rellenaban de agua. Cuando en invierno se formaba el hielo, se cortaba y era transportado en cestos y cajas o en carros al pozo, donde se acumulaba por capas, separadas alternativamente por otras de paja que facilitaban el desalojo del deshielo por el desagüe. La limpieza y llenado de agua de estos pozos se solía sacar a subasta. Como en 1889 no hubo quién hiciese proposiciones para ello, se le pagaron cuatro pesetas a José Mª Ayerra por dos días que se ocupó en la tarea. En 1884-1885 la Junta de Sanidad, ante la amenaza de la epidemia colérica, considerándolos un foco de contagio, favoreció el rellenado con escombros, inutilizándolos. A pesar de ello se conservaron algunos años más; pero, en 1902, diez peones, a dos pesetas de jornal, se encargaron de nivelar e inutilizar definitivamente los pozos de Las Heleras.

El condicionado por el que se rige el arriendo del pozo del hielo varía de un año a otro. El proceso comienza generalmente con la presentación de un cartel por un aspirante, en el que expone las cláusulas con las que lo arrendaría. La subasta comienza con el encendido de una candela y, mientras se mantiene viva, se van mejorando por los licitadores los requisitos expuestos en el cartel, hasta que la vela se apaga, quedando en el último postor; a veces se retrasa hasta cumplir el veinteno.

En el año 1675, primero del que tenemos noticias, Francisco Remírez, vecino de Pitillas, arrienda la provisión de nieve o hielo a los vecinos y viandantes, por un importe de 12 ducados pagaderos al final del arriendo. El periodo que cubre el abastecimiento generalmente es el verano, en este caso comprende desde el primero de mayo hasta San Miguel de septiembre. Su precio sería el de dos cornados por libra de 16 onzas (0’5 kilo). Así bien, fue condición graciosa la de dar al Regimiento seis arrobas (unos 80 kilos) de nieve para su uso en las fiestas de Santo Domingo, del patrón, o para lo que buenamente dispusiese.

A mediados de julio, Remírez se queja al Ayuntamiento de que, a causa de ser el pozo “nuevamente construido”, se ha deshecho la mayor parte de la nieve que tenía acumulada, suplicando al Regimiento le apliquen alguna refacción (descuento). Acuerdan rebajarle la renta a ocho ducados.

En 1722 lleva el arriendo del pozo Bernardo Araiz, vecino de Olite, quien además administra también el de las villas de Barásoain, Ujué, San Martín de Unx y Berbinzana. Con la excusa de la abundancia que hay de dicho género en el pozo de Pitillas, pretende sacar el hielo necesario para la provisión de los otros pueblos. El Ayuntamiento de Pitillas se opone ciñéndose a lo convenido en la escritura de arrendación hecha por Araiz, en cuyo cumplimiento le han dejado sacar algunas cargas de hielo para vender fuera y que la causa de no dejarle sacar más es por razón de parecerles que la cantidad que hay en el pozo es completamente necesaria para el abasto de la villa de Pitillas.

A veces ocurre, que una vez llenado el pozo no hay quien lo arriende, siendo de cuenta del Ayuntamiento su administración, poniendo persona encargada de su venta, como sucedió en 1817, designando a Cristina Landívar para ello. La nieve o hielo se solía pesar en balanza con agujeros en los platillos, para no pagar el agua.

En el siglo XIX se presentan memoriales de arriendo diferentes en cuanto a su duración, pues no son anuales. Así en 1835, Miguel Joaquín Otermin, vecino de Pitillas, propone al Ayuntamiento la cesión del pozo por 8 años a cambio de habilitarlo y ponerlo en condiciones a su costa, pues hacía “muchísimos estíos” que no se usaba y estaba todo enronado y su fábrica próxima a la ruina. El Ayuntamiento acepta la proposición por ser útil y ventajosa para los vecinos.

En 1885, Vicente Serrano Bravo, vecino de Peralta, presenta un cartel de arriendo por cuatro años. El precio máximo que se exigirá a los vecinos por cada kilogramo de hielo será de 10 céntimos de peseta. La novedad es que se obliga a dar gratuitamente a los pobres de beneficencia el hielo necesario, previa receta del médico titular. El Ayuntamiento se obligará a ceder Las Heleras al rematante, a fin de llenar el referido pozo, siendo de su cuenta los gastos que se originen. Ofrece pagar anualmente la cantidad de 35 pesetas, aunque por falta de hielo o nieve quede sin ocupar el pozo.

En 1890 es Patricio Erdociáin el que se compromete al arriendo del pozo por 10 años con la condición de recibir ciertas ayudas iniciales del Ayuntamiento para el arreglo del pozo y Las Heleras, así pide 125 pesetas el primer año y 25 cada uno de los siguientes, y que se le conceda dallar dos carretadas de junco en el barranco para embalar el hielo. No debió obtener el arriendo durante el tiempo solicitado pues en 1892 es Carmelo Esquíroz, de Tafalla, comerciante, quien cobra 25 pesetas por llenar el pozo con el fin de facilitar hielo a los pobres enfermos. En enero de 1895, Esquíroz presenta una instancia al Ayuntamiento exponiendo la imposibilidad de conservar el hielo por el mal estado en que se encuentran las ventanas del pozo, por entrar bastante viento y lluvia, suplicando se le hagan dos ventanas nuevas para impedir su penetración. Al propio tiempo advierte que el vecino Carlos Navascués le ha impedido el paso por su era, por lo tanto, exige o suplica se le dé paso para hacer el acarreo y descargue del hielo, pues de no concederle lo que pide, se verá obligado a presentar la dimisión. En noviembre de 1896 Esquíroz repite instancia presentando su dimisión. Tras un intento fallido de arriendo, el Ayuntamiento expuso en 1897 la conveniencia de que se llenase el pozo para salud e higiene del vecindario, no habiendo ninguna proposición tras el correspondiente bando, según manifiesta el alcalde en enero de 1898.

Ya en 1937, el Ayuntamiento acuerda contratar con Barrio el suministro de hielo a los vecinos en todo momento y época del año, por la cantidad de 100 pesetas, al precio corriente que llevare en Tafalla. Eran otros tiempos, el hielo se producía por métodos industriales.

Agradecer a Juan Esparza, Julián Olcoz y Manolo Pascual las aportaciones sobre la situación del pozo y demás.